Matías era un viejo ahogado en dolor, la vida lo había maltratado como a ningún otro. Un habitante del oscuro callejón detrás de la nueva estación de tren; un lugar pomposo para un melancólico turista de la vida, un sitio en el que los tiquetes y los dedos llenos de expectativa nunca estaban satisfechos.
La vida entre ropas viejas y cajas de cartón no es muy amena, las personas a esa edad se consideran poco preparadas para pensar en realidad que les sucede, por eso se dedican a pasear o jugar damas chinas, claro, si se tiene con que conseguir a las damas asiáticas que por cierto son más pequeñas de lo que parecen y no todas saben karate.
Yo diría que Matías es un extraterrestre no porque venga de Venus o de Marte, no es blanco con ojos grandes y sin nariz, es alguien común, sólo que con pelo blanco en su nariz y orejas. Si es un extraterrestre, él se la pasa más en otro mundo que en el terrestre, nunca lo veo hacer algo diferente, su rutina parece siempre la misma.
Parece que está cansado y se la pasa horas sentado en la sombra, al lado del teléfono rojo, al parecer no se conoce bien, pues se pasa horas frente a la luna mirándome fijamente.
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