martes, 31 de mayo de 2011

El Ferrocarril de Antioquia visto desde su reloj

“Mucho se ha escrito sobre el tipo de habitante de Antioquia. Baste señalar que en aquella época tenía sus rasgos aún más definidos y que en su conducta y sus expresiones podían apreciarse a los que posteriormente han sido utilizados para interpretar el desarrollo que ha tenido esta región. Entre sus rasgos, hay que subrayar su actitud para la iniciativa Económica nacido de su vocación por ser propietario.”

Lo que el mismo tiempo dejó en el olvido, el mismo tiempo se encargará de revivirlo. Tic – tac – tic – tac; el reloj de bolsillo marca las 9 de la noche mientras Pedro Montoya le da cuerda, un giro hacia delante y otro hacia atrás.
-perfecto-
Su reloj de 3 tapas marca ferrocarril de Antioquia es su tesoro, es un símbolo que lo identifica como un personaje importante en la sociedad Antioqueña.
Al abrir la tapa de atrás lee la inscripción grabada que dice: ANCRE MOERIS, GRAND PRIX, Berne 1914, membre du jury, Milan 1906, HORS CONCOURS. El número de serie 1711211 y su memoria regresa al momento en que los personajes más acaudalados de Medellín esperaban en la estación del ferrocarril la primer llegada de la locomotora; un evento privado al que sólo se podía ingresas con invitación, aquel acontecimiento, conmemoraba el arduo trabajo emprendido desde 1874, con el aporte de Francisco Javier Cisneros.

Bajo la tenue luz recordó como brindaba por el grandioso trato que había realizado con el señor José María Jaramillo, quien se había encargado de intensificar y propagar el cultivo de café en Antioquia, era de los pocos que entendió rápidamente que este grano llegaría a tener mucha importancia en la economía antioqueña, además, que el ferrocarril brindaba una oportunidad como ninguna otra, de hacer de este un cultivo de exportación nunca antes visto. José María había conocido a Montoya por pura casualidad afuera de la iglesia de Fredonia, ambos entablaron una amistad y participaron en varios negocios a futuro, ya que Pedro tenía una gran hacienda llamada “La lechería” que hacía parte de un proceso en el que se advertía el creciente número de ganaderos según el censo de 1883 de producción de ganado. La ventaja con el proyecto de José María era la oportunidad de agrandar su mercado.

Sentado en su escritorio con su reloj, recordaba el tren que haría del departamento un motor económico del país. Mientras guarda el reloj en su bolsillo, observa en la estantería del frente aquel periódico “El Ferrocarril de Antioquia,” fundado desde 1892 que ofrecía toda la información de tren. Tantas emociones por recordar, pero ya era la hora de dormir junto a su esposa Merceditas Henao, para dejar descansar aquel “tiempo pasado que fue mejor.”

Tic – tac, el reloj permanecería en su pantalón por el resto de su corta vida que serian sólo 6 horas. No hubieron ronquidos, ni gritos, ni quejidos; Pedro partió al otro mundo con los bolsillos llenos, no sólo premiado por el tiempo, sino por los millones de recuerdos que en él se habían inmortalizado.

Según Merceditas, Pedro había “muerto de repente” un golpe difícil pero era el orden natural de la vida, tenía a 9 hijos para consolar su tristeza; 7 mujeres para acompañar su llanto: Ángela, Inés, Maruja, Lucia, Susana, Mariela y Gabriela y 3 hombres para alentar sus pasos: Eduardo, Guillermo y Gabriel.

A pesar de no ser el mayor Gabriel Montoya tan sólo con 15 años se ofreció para ayudar a su madre en la administración de La Lechería. Lo que comenzó casi como un juego, terminó siguiendo el camino de su padre, haciendo los negocios en Puerto Berrío y en las demás estaciones con el transporte de ganado, teniendo que lidiar con las 20 jaulas en el tramo del ferrocarril de Nus y con otros tantos problemas con los que debía tratar. Negociar con otros ganaderos, ser persuasivo, vender, comprar y terminar con los mejores tratos que la palabra de un hombre podría lograr.
Todo marchaba muy bien, de tal forma que los demás hermanos ya estaban tomando su rumbo y habían seguido con las vidas por su lado.

Tic – tac
-Así como mi querido padre portó este reloj yo también lo llevaré siempre conmigo para atraer la buena suerte-
Gabriel era muy creyente de la suerte.

A los 21 años el peso de la rutina ya lo asfixiaba y comenzó a visitar bares del pueblo, siempre tan elegante, siempre tan atento. Las caras a su alrededor siempre permanecían contentas: Amigos, conocidos, borrachos; que importa, todos tomaban de cuenta de él, al fin y al cabo era el dueño de La Lechería. Merceditas había muerto antes de poder controlarlo.
Cada noche se escuchaban las risas en el pueblo del fulgor de su copa levantada en el aire brindando por más.
Un día saliendo de un restaurante había dejado su reloj en la mesa y una joven se lo había entregado sin pedir nada a cambio. Gabriel la invitó a cenar en agradecimiento. El tiempo se había encargado de unir a dos personas en sagrado matrimonio. Aunque Gabriel se había casado, no detenía sus noches de licor, a tal punto que la hacienda se reducía a cenizas y su esposa no podía decir nada, él desde joven ya tenía muy en claro quién era el que mandaba.

Su hogar se desmoronaba, hasta el día en que sus hermanos lo sorprendieron en la hacienda para arreglar la situación a la que se enfrentaban con el problema del alcohol.
Todos estaban reunidos en la chimenea esperando su llegada. La puerta suena y entra el mismísimo anfitrión con una botella de licor en la mano, no estaba borracho pero si tenía la intención. Ángela su hermana no titubeó en reprocharle su comportamiento, pero a este no le importó y cayó sentado en el sillón. Los hermanos comenzaron a discutir y lamentarse por no haber estado presentes antes de que fuera tan grave. Mientras sus hermanos cotorreaban Gabriel se paró de su sofá sacó una navaja ante los ojos aterrados de sus hermanos y silenció la discusión. Comenzó a caminar frente a ellos sin decir una sola palabra. Sus ojos penetrantes y ahogados ya en la rutina del alcohol pasaron por encima de todos. Él se detuvo al lado de la chimenea, sacó el reloj del bolsillo y comenzó a tallar algo en la tapa de atrás. Todos estaban atónitos mirándolo. Luego de guardar su navaja leyó firmemente:
-Diciembre 7 de 1925 fecha en la que yo nací, Gabriel Montoya, Fredonia; estas son mis tierras y sólo a mi me pertenecen-
Guardó el reloj y se fue para su habitación, los hermanos destrozados no sintieron ganas de nada más y lo único que hicieron fue abandonar la finca.
El alcohol no ceso de ingresar por la garganta de Gabriel hasta que quedaron en banca rota, junto con su esposa y sus 2 gemelas tuvieron que vender la finca y vivir en el pueblo, donde el rumor de que su cónyuge era una bruja.

Constantemente Gabriel viajaba a Medellín a disculparse con sus hermanos, fue difícil el perdón pero al conseguirlo comenzó a frecuentar bares de la ciudad, terminando al frente de la casa de Lucia y Maruja; 2 de sus hermanas que Vivian juntas. Cada noche formaba un show en la calle hasta que Maruja lo ayudaba a entrar.
Lo único que lo hizo recapacitar y volver a una vida sin tanto exceso, fue la perdida del reloj luego de amanecer donde Maruja, sin recordar lo que había hecho por estar pasado de tragos.

Lo que Gabriel nunca sospechó, fue que Maruja había sacado de su bolsillo la noche anterior el reloj, para evitar que en alguna de sus borracheras se perdiera. Ella sin saberlo había curado a su hermano propinándole el susto de perder la posesión que más quería.



Maruja no tenía esposo, por esto decidió regalar el reloj a su hermana Ángela, que estaba casada con Félix Correa un elegante trabajador de una reconocida empresa textil, unos años mayor que ella.

tic – tac, Félix usó el reloj siempre en su bolsillo. La única interesada en su familia por este aparato era su hija Gloria, una joven e inquieta niña que mantuvo sus rodillas raspadas de tanto correr y gozar del mundo. Cada que su hija le suplicaba por el reloj, este se lo prestaba para que lo llevara a colegio y lo mostrara a sus amigas. Todas lo admiraban porque era una antigüedad de muy alto prestigio.

El tiempo transcurrió en sus vidas, dejando a Félix descansar en paz y a Gloria apenas comenzar su propio matrimonio.
Fueron unos años más tarde cuando Ángela conversaba con Gloria y le suplicó que le diera la argolla de matrimonio que su papá le había regalado en su lecho de muerte, al temer que pudiera resbalar por su dedo y perderse. Ángela quería la argolla para dársela a Javier; su hijo mayor.
Gloria a pesar de entregar aquel anillo de oro, pidió un cambio; la argolla por el reloj Ferrocarril de Antioquia, trato al que su madre aceptó.
Su matrimonio prosperaría con Gilberto Gómez y su hija Catalina por un largo tiempo, tiempo al que ya los relojes de bolsillo habían dejado de usarse y su herencia reposaba en un oscuro lugar del armario.
Hasta la llegada de Mauricio, el segundo hijo; terror de las mesas de vidrio, los juguetes de chispas y aparatos de cuerda, el reloj se mantuvo a salvo.
Mauricio era un niño inquieto y algo dañino que por cosas de la vida había terminado jugando con aquel antiguo reloj.
El tic – tac era demasiado llamativo como para dejarlo intacto, él tenía q descubrir de dónde venía el sonido, pregunta que resolvió arrojando el reloj al piso, quebrando su vidrio y sacándole su segundero (un atentado a la memoria paisa). Su madre le quitó el reloj y aunque había recibido una buena golpiza por parte del niño, este seguía funcionando, pero escondido en algún lugar al que exclusivamente una madre sabe que su hijo nuca llegará.
Esta es la hora en que no sé mi madre donde lo esconde, lo que sí sé, es que con los años desarrollé un repudio contra el tiempo, canalizado en escritos de tic – tac en punto un espacio para cuentos fuera de contexto.



Bibliografía:
Fuente escrita:
Antioquia y el Ferrocarril de Antioquia. 1.974 UPB.

Fuente Oral:
Gloria Correa Montoya
Gilberto Gómez Tobón

sábado, 28 de mayo de 2011

Un atiborre de palabras

La que inspira, corroe y alienta. La que surge de las entrañas para visitar tu aroma.

Espontánea, inmadura pero verdadera; la infunde tu silencio y la motiva tu aliento.

Aunque no lo creas a mis palabras las recorren tus ojos, te envician te seducen y te hacen vulnerable. Adictivas para tu tacto. Incitan tus mejillas y hacen de tu mesura pura lujuria.

Tímidas, juveniles, claras como mis planes. Las dobles intenciones no las ensucian. Desvaloradas, de fantasía y nada reconocidas.

Las palabras que se sobrepiensan, se malentienden, se rechazan y se frustran. Son las buenas bases para un amor que perdura en lo platónico.

Las verdaderas se desgastan y se vuelve repetitivas, las mentirosas se engendran en el desvelo de la certeza y fluyen entre lo monótono de tus pesares y los míos.

Viven algunas en el inmenso cólera del llanto de las emociones, son lascivas porque se joden en lo profundo de las pasiones. Son las piedras del espíritu formadas con la tela de los fracasos.

Las palabras también logran el silencio, la soledad y la locura.

Lápiz Demente: Palabras que ahora justifican mi silencio y hacen de un hombre un simple remedo ficticio de otra realidad.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Darle lugar a algo

Hace rato no escribía algo, hacer rato no le daba lugar a mis pensamientos; confinados, malhumorados, agonizantes incluso inexistentes; represados entre la monotonía de mis horas, obligaciones y estupideces. Ya entiendo porqué de vez en cuando se enferman y amenazan mi existencia.

Lápiz Demente: Soy el que escribe y no el que habla.