domingo, 4 de diciembre de 2011

Dependiente, si lo soy

Cual vagabunda, en ti encuentro la sustancia que eriza mi cuerpo
Noches cortas y al extremo de la conciencia me regalas
No es suficiente probarte una vez, porque siempre quiero sentir tu fondo
Paralela a mis deseos, desinhibida y alcahueta.
Errante, compinche, eterna
A veces clara, a veces oscura,
Probada por todos y a ratos por mí
Fuente de mis adicciones, satisfacciones y también dolores
Te odio por hacerme dependiente, te amo por cumplir mis fantasías
Recaer en ti me llena de euforia y de sensaciones errantes
Celebras conmigo y con mis amigos, por sus bocas ya has pasado
Me haces besar, me haces llorar, me haces pelear
Me haces quién no soy, o quién aún no conozco
La razón se pierde cuando la carne y la sustancia nos controla
En la cama, en el bar, en la calle, frente a mis amigos y mis padres siempre lo hacemos
Dependiente, si lo soy

Eres el alcohol en mi copa, el trago amargo en mi garganta y el deseo insaciable casi animal.

A ti soy adicto: licor en mi sangre y en mis palabras.

Lápiz demente: Lo único malo es borrar cassette cuando el recuerdo merece ser guardado.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Cuando tus labios no son suficientes

Alimentadme, saciad de una buena vez lo inconcluso de tus miradas. Indicadme el camino entre tus piernas directo a tus caderas. Guardad silencio una noche, tal vez dos, pero nunca dejéis para ti sola lo profundo de tus aberraciones, ellas serán las historias que cada noche habré de recordar para entrar en trance sobre tus muslos y mejillas.

Esperaré las noches y el licor para ser el niño explorador y el adulto irresponsable de tus gemidos.

Lápiz Demente: Pasiones carnales que hablan del amor real; el compartido, el momentaneo, el pasajero y el que se prende para consumarse.

martes, 18 de octubre de 2011

De nuevo tú

Que vuelvan las palabras y los recuerdos que se había enterrado en lo profundo de mis venas.
Que seas tú y no yo, el culpable de las lagrimas que sin fundamento bajaron por tus mejillas y las mías. Hoy no justificaré tus engaños.
Que seas tú la que descubre convenientemente las palabras de cariño para que caiga a tu lado me hace el perfecto masoquista.
Y ahora me queda atenerme al olvido del que ya me acostumbré a vivir.

Lápiz Demente: De lo anterior quedan solo dichos y hechos que palabrean y redundan mi existir.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Spleen (mi origen)

Me encanta mirarte a los ojos para llenar mis pensamientos con ilusiones que ni la fantasía logra entender. Desde ayer comenzamos a recorrernos, conocernos, inspirarnos. Tus palabras ahora hacen de mi vida una obra maestra de la melancolía, una tonada que llena los vacíos del inconformismo mientras nos acariciamos. Regálame por favor segundos de confianza para que el dolor cuando me dejes sea eterno.

Lápiz demente: Soy adicto al dOLOR de tu perfume

viernes, 29 de julio de 2011

A veces me canso

A veces me canso de tener lo mismos diálogos acerca de la misma basura con la que tratamos diariamente.
A veces me canso de intentar encajar en esa bola de mentiras auto impuestas que no llevan para ningún lado.
A veces me canso de mirar las mismas caras de los que dicen ser mis amigos, que solo necesitan estar rodeados de monigotes para lucirse y levantar un ego que compense su falta de personalidad.
A veces me canso de intentar y quedarme intentando en el mismo círculo vicioso que me deja en las puertas de tus labios sin siquiera probarlos.
A veces me canso de mostrar una sonrisa falsa y una actitud artificial que sirven para complacer el circulo de mis semejantes.
A veces me canso de ser el personaje ficticio que no tiene poder sobre mis propias acciones.

viernes, 3 de junio de 2011

Imaginémonos juntos

Imaginémonos juntos, debajo de las hojas y atrás de las personas, seamos amantes de la noche.
Sospechas que mi mano toca tu cuello mientras miro tus ojos y muevo mis labios para no decirte nada; para llenar tu cuerpo con silencio.
Somos algo que nunca llegará a ser lo que pensamos; por no decirlo ni intentarlo.
Eres lo que deseas ser y yo apenas puedo acompañar tu eterno y perverso aliento.

Cada día tocas a mi puerta y no entiendes porque ya no estoy para ti. Por no entender lo que decían mis palabras ya el tiempo se ocupó de mis pensamientos y no puedo descifrarlos, estoy perdido en el aire y en el tiempo.

jueves, 2 de junio de 2011

Redondeando ideas

Crear con mente, pasión y sangre; sobretodo sangre, la que palpita, la que recorre, la que hace la piel de gallina y de los pelos felinos.

Crear para retarse, para vivir lo que la permanecía de las cosas no nos permite. Interrogar la continuidad de los sucesos de la vida hacen del creativo un ser en constante disturbio; sensación plausible que nos llena de satisfacción por cada momento cercano a las buenas ideas.

Hay ideas que nace, hay otras que mueren, pero siempre viven las que se hacen memorables.

De las oscuras a las controvertidas; padecen las que mueren, ideas que fallecen Y duelen como la propia muerte. Provocan la rabia en cada callo del cuerpo y sobretodo la ansiedad de un próximo reto.


Lápiz Demente: El día que se acaben mis ideas, podrán tener la seguridad que tocaré a la puerta de aquellos que están cómodos, pediré una silla y me sentaré al lado de ellos para hacer parte de un mismo paisaje. Al otro día entenderé que desperté en el infierno.

martes, 31 de mayo de 2011

El Ferrocarril de Antioquia visto desde su reloj

“Mucho se ha escrito sobre el tipo de habitante de Antioquia. Baste señalar que en aquella época tenía sus rasgos aún más definidos y que en su conducta y sus expresiones podían apreciarse a los que posteriormente han sido utilizados para interpretar el desarrollo que ha tenido esta región. Entre sus rasgos, hay que subrayar su actitud para la iniciativa Económica nacido de su vocación por ser propietario.”

Lo que el mismo tiempo dejó en el olvido, el mismo tiempo se encargará de revivirlo. Tic – tac – tic – tac; el reloj de bolsillo marca las 9 de la noche mientras Pedro Montoya le da cuerda, un giro hacia delante y otro hacia atrás.
-perfecto-
Su reloj de 3 tapas marca ferrocarril de Antioquia es su tesoro, es un símbolo que lo identifica como un personaje importante en la sociedad Antioqueña.
Al abrir la tapa de atrás lee la inscripción grabada que dice: ANCRE MOERIS, GRAND PRIX, Berne 1914, membre du jury, Milan 1906, HORS CONCOURS. El número de serie 1711211 y su memoria regresa al momento en que los personajes más acaudalados de Medellín esperaban en la estación del ferrocarril la primer llegada de la locomotora; un evento privado al que sólo se podía ingresas con invitación, aquel acontecimiento, conmemoraba el arduo trabajo emprendido desde 1874, con el aporte de Francisco Javier Cisneros.

Bajo la tenue luz recordó como brindaba por el grandioso trato que había realizado con el señor José María Jaramillo, quien se había encargado de intensificar y propagar el cultivo de café en Antioquia, era de los pocos que entendió rápidamente que este grano llegaría a tener mucha importancia en la economía antioqueña, además, que el ferrocarril brindaba una oportunidad como ninguna otra, de hacer de este un cultivo de exportación nunca antes visto. José María había conocido a Montoya por pura casualidad afuera de la iglesia de Fredonia, ambos entablaron una amistad y participaron en varios negocios a futuro, ya que Pedro tenía una gran hacienda llamada “La lechería” que hacía parte de un proceso en el que se advertía el creciente número de ganaderos según el censo de 1883 de producción de ganado. La ventaja con el proyecto de José María era la oportunidad de agrandar su mercado.

Sentado en su escritorio con su reloj, recordaba el tren que haría del departamento un motor económico del país. Mientras guarda el reloj en su bolsillo, observa en la estantería del frente aquel periódico “El Ferrocarril de Antioquia,” fundado desde 1892 que ofrecía toda la información de tren. Tantas emociones por recordar, pero ya era la hora de dormir junto a su esposa Merceditas Henao, para dejar descansar aquel “tiempo pasado que fue mejor.”

Tic – tac, el reloj permanecería en su pantalón por el resto de su corta vida que serian sólo 6 horas. No hubieron ronquidos, ni gritos, ni quejidos; Pedro partió al otro mundo con los bolsillos llenos, no sólo premiado por el tiempo, sino por los millones de recuerdos que en él se habían inmortalizado.

Según Merceditas, Pedro había “muerto de repente” un golpe difícil pero era el orden natural de la vida, tenía a 9 hijos para consolar su tristeza; 7 mujeres para acompañar su llanto: Ángela, Inés, Maruja, Lucia, Susana, Mariela y Gabriela y 3 hombres para alentar sus pasos: Eduardo, Guillermo y Gabriel.

A pesar de no ser el mayor Gabriel Montoya tan sólo con 15 años se ofreció para ayudar a su madre en la administración de La Lechería. Lo que comenzó casi como un juego, terminó siguiendo el camino de su padre, haciendo los negocios en Puerto Berrío y en las demás estaciones con el transporte de ganado, teniendo que lidiar con las 20 jaulas en el tramo del ferrocarril de Nus y con otros tantos problemas con los que debía tratar. Negociar con otros ganaderos, ser persuasivo, vender, comprar y terminar con los mejores tratos que la palabra de un hombre podría lograr.
Todo marchaba muy bien, de tal forma que los demás hermanos ya estaban tomando su rumbo y habían seguido con las vidas por su lado.

Tic – tac
-Así como mi querido padre portó este reloj yo también lo llevaré siempre conmigo para atraer la buena suerte-
Gabriel era muy creyente de la suerte.

A los 21 años el peso de la rutina ya lo asfixiaba y comenzó a visitar bares del pueblo, siempre tan elegante, siempre tan atento. Las caras a su alrededor siempre permanecían contentas: Amigos, conocidos, borrachos; que importa, todos tomaban de cuenta de él, al fin y al cabo era el dueño de La Lechería. Merceditas había muerto antes de poder controlarlo.
Cada noche se escuchaban las risas en el pueblo del fulgor de su copa levantada en el aire brindando por más.
Un día saliendo de un restaurante había dejado su reloj en la mesa y una joven se lo había entregado sin pedir nada a cambio. Gabriel la invitó a cenar en agradecimiento. El tiempo se había encargado de unir a dos personas en sagrado matrimonio. Aunque Gabriel se había casado, no detenía sus noches de licor, a tal punto que la hacienda se reducía a cenizas y su esposa no podía decir nada, él desde joven ya tenía muy en claro quién era el que mandaba.

Su hogar se desmoronaba, hasta el día en que sus hermanos lo sorprendieron en la hacienda para arreglar la situación a la que se enfrentaban con el problema del alcohol.
Todos estaban reunidos en la chimenea esperando su llegada. La puerta suena y entra el mismísimo anfitrión con una botella de licor en la mano, no estaba borracho pero si tenía la intención. Ángela su hermana no titubeó en reprocharle su comportamiento, pero a este no le importó y cayó sentado en el sillón. Los hermanos comenzaron a discutir y lamentarse por no haber estado presentes antes de que fuera tan grave. Mientras sus hermanos cotorreaban Gabriel se paró de su sofá sacó una navaja ante los ojos aterrados de sus hermanos y silenció la discusión. Comenzó a caminar frente a ellos sin decir una sola palabra. Sus ojos penetrantes y ahogados ya en la rutina del alcohol pasaron por encima de todos. Él se detuvo al lado de la chimenea, sacó el reloj del bolsillo y comenzó a tallar algo en la tapa de atrás. Todos estaban atónitos mirándolo. Luego de guardar su navaja leyó firmemente:
-Diciembre 7 de 1925 fecha en la que yo nací, Gabriel Montoya, Fredonia; estas son mis tierras y sólo a mi me pertenecen-
Guardó el reloj y se fue para su habitación, los hermanos destrozados no sintieron ganas de nada más y lo único que hicieron fue abandonar la finca.
El alcohol no ceso de ingresar por la garganta de Gabriel hasta que quedaron en banca rota, junto con su esposa y sus 2 gemelas tuvieron que vender la finca y vivir en el pueblo, donde el rumor de que su cónyuge era una bruja.

Constantemente Gabriel viajaba a Medellín a disculparse con sus hermanos, fue difícil el perdón pero al conseguirlo comenzó a frecuentar bares de la ciudad, terminando al frente de la casa de Lucia y Maruja; 2 de sus hermanas que Vivian juntas. Cada noche formaba un show en la calle hasta que Maruja lo ayudaba a entrar.
Lo único que lo hizo recapacitar y volver a una vida sin tanto exceso, fue la perdida del reloj luego de amanecer donde Maruja, sin recordar lo que había hecho por estar pasado de tragos.

Lo que Gabriel nunca sospechó, fue que Maruja había sacado de su bolsillo la noche anterior el reloj, para evitar que en alguna de sus borracheras se perdiera. Ella sin saberlo había curado a su hermano propinándole el susto de perder la posesión que más quería.



Maruja no tenía esposo, por esto decidió regalar el reloj a su hermana Ángela, que estaba casada con Félix Correa un elegante trabajador de una reconocida empresa textil, unos años mayor que ella.

tic – tac, Félix usó el reloj siempre en su bolsillo. La única interesada en su familia por este aparato era su hija Gloria, una joven e inquieta niña que mantuvo sus rodillas raspadas de tanto correr y gozar del mundo. Cada que su hija le suplicaba por el reloj, este se lo prestaba para que lo llevara a colegio y lo mostrara a sus amigas. Todas lo admiraban porque era una antigüedad de muy alto prestigio.

El tiempo transcurrió en sus vidas, dejando a Félix descansar en paz y a Gloria apenas comenzar su propio matrimonio.
Fueron unos años más tarde cuando Ángela conversaba con Gloria y le suplicó que le diera la argolla de matrimonio que su papá le había regalado en su lecho de muerte, al temer que pudiera resbalar por su dedo y perderse. Ángela quería la argolla para dársela a Javier; su hijo mayor.
Gloria a pesar de entregar aquel anillo de oro, pidió un cambio; la argolla por el reloj Ferrocarril de Antioquia, trato al que su madre aceptó.
Su matrimonio prosperaría con Gilberto Gómez y su hija Catalina por un largo tiempo, tiempo al que ya los relojes de bolsillo habían dejado de usarse y su herencia reposaba en un oscuro lugar del armario.
Hasta la llegada de Mauricio, el segundo hijo; terror de las mesas de vidrio, los juguetes de chispas y aparatos de cuerda, el reloj se mantuvo a salvo.
Mauricio era un niño inquieto y algo dañino que por cosas de la vida había terminado jugando con aquel antiguo reloj.
El tic – tac era demasiado llamativo como para dejarlo intacto, él tenía q descubrir de dónde venía el sonido, pregunta que resolvió arrojando el reloj al piso, quebrando su vidrio y sacándole su segundero (un atentado a la memoria paisa). Su madre le quitó el reloj y aunque había recibido una buena golpiza por parte del niño, este seguía funcionando, pero escondido en algún lugar al que exclusivamente una madre sabe que su hijo nuca llegará.
Esta es la hora en que no sé mi madre donde lo esconde, lo que sí sé, es que con los años desarrollé un repudio contra el tiempo, canalizado en escritos de tic – tac en punto un espacio para cuentos fuera de contexto.



Bibliografía:
Fuente escrita:
Antioquia y el Ferrocarril de Antioquia. 1.974 UPB.

Fuente Oral:
Gloria Correa Montoya
Gilberto Gómez Tobón

sábado, 28 de mayo de 2011

Un atiborre de palabras

La que inspira, corroe y alienta. La que surge de las entrañas para visitar tu aroma.

Espontánea, inmadura pero verdadera; la infunde tu silencio y la motiva tu aliento.

Aunque no lo creas a mis palabras las recorren tus ojos, te envician te seducen y te hacen vulnerable. Adictivas para tu tacto. Incitan tus mejillas y hacen de tu mesura pura lujuria.

Tímidas, juveniles, claras como mis planes. Las dobles intenciones no las ensucian. Desvaloradas, de fantasía y nada reconocidas.

Las palabras que se sobrepiensan, se malentienden, se rechazan y se frustran. Son las buenas bases para un amor que perdura en lo platónico.

Las verdaderas se desgastan y se vuelve repetitivas, las mentirosas se engendran en el desvelo de la certeza y fluyen entre lo monótono de tus pesares y los míos.

Viven algunas en el inmenso cólera del llanto de las emociones, son lascivas porque se joden en lo profundo de las pasiones. Son las piedras del espíritu formadas con la tela de los fracasos.

Las palabras también logran el silencio, la soledad y la locura.

Lápiz Demente: Palabras que ahora justifican mi silencio y hacen de un hombre un simple remedo ficticio de otra realidad.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Darle lugar a algo

Hace rato no escribía algo, hacer rato no le daba lugar a mis pensamientos; confinados, malhumorados, agonizantes incluso inexistentes; represados entre la monotonía de mis horas, obligaciones y estupideces. Ya entiendo porqué de vez en cuando se enferman y amenazan mi existencia.

Lápiz Demente: Soy el que escribe y no el que habla.

sábado, 23 de abril de 2011

Asesino en serie de amores y pasiones, no creo en ilusiones ni en cuentos de dragones.

viernes, 25 de febrero de 2011

Salvadora, relatos de 1771



En la lejana época de 1771, en el oriente Antioqueño precisamente en el Valle de San Nicolás de Rionegro; yacía un lugar situado entre montañas, de clima frío y amanecer nublado, lleno de historias que se tejían conforme las clases sociales se establecían.
Allí, un relato femenino agitaba las esquinas, los establos, incluso a criollos y mujeres de enagua perfecta, que habían sido formados por obra y gracia de la “madre patria”.

El relato con nombre y apellido propio se hacía llamar: Salvadora Cardona; de pelo oscuro, piel morena manchada por la tierra americana, ojos cafés, caminar sensual, y sonrisa cautivadora. Veinticinco años los que podrían ser la flor de su vida, o tal vez, un vientre desperdiciado en palabras más aristocráticas y costumbristas.

Ella no era una mujer como a su pueblo le gustaba; no había contraído nupcias por juicio de su padre ni autorización de su madre. No visitaba a menudo la iglesia como era lo justo o bien visto, y no le hacia caso al toque de queda que en las noches se infringía.

Ella recorría las noches del pueblo, bailaba con la niebla y cantaba con las luciérnagas. Caminaba entre los establos y corría entre las laderas. Una noche no era suficiente, Salvadora realizaba su recorrido 3 veces por semana alternando los días, pues sabía que sus acciones no eran permitidas.

Sus recorridos eran solitarios y serenos, hasta que una fría noche empezó a sentir pasos que a lo lejos la seguían; un caminar pasivo, premeditado e incansable. Conforme las semanas continuaban el caminar se hacia más y más cercano.

El tiempo transcurría. Salvadora se encontraba en la orilla del río; su cauce era tranquilizante, era su lugar preferido el cual parecía no seguir las reglas que regían en el pueblo. Ella había visto noches en las que se reconocían parejas teniendo encuentros lujuriosos por encima de lo que la iglesia propagaba como permitido.
Fue una de esas noches en la que Salvadora pudo conocer el rostro de aquellos pasos que la perseguían noche tras noche; para su sorpresa era una persona conocida, no únicamente por ella, también por todo el pueblo, era el señor Alcalde ordinario, Alonso Elías Jaramillo; encargado de inspeccionar por su valle, mientras verificaba el cumplimiento del toque de queda.
La señorita Cardona se sorprendió al darse cuenta que siendo el Alcalde quién la seguía en sus noches, aún no le había llamado la atención y ordenado al cumplimiento de la norma. Cara a cara se miraban por primera vez merodeadora y perseguidor, como era de esperar el Alcalde Alonso Elías traía una segunda intención, que se fue revelando al poner sus manos sobre la piel de Salvadora; ella reaccionó con un brinco pero todavía estaba petrificada por el susto de haber sido descubierta por semejante personaje público.

El Alcalde sólo repetía:

-Salvadora Cardona, por fin te tengo.

La tímida mujer protestó cuando Alonso Elías trató de desprenderle su ropa de un tirón, su única reacción fue correr confundida ante un acto tan bajo de un denominado representante del pueblo.

Salvadora no comento el suceso de la noche en el río, porque siendo una mujer soltera que ocupaba un rol paupérrimo en la sociedad, nadie le creería lo ocurrido.

Las noches continuaron tal cual eran acostumbradas pero los pasos no habían dejado de estar presentes, a veces aparecían frente al río, la rodeaban y se quedaban quietos a lo lejos, lo suficiente para que se pudiera reconocer la silueta del aquel Alcalde.
La compañía se tornó paisaje y poco a poco ambos personajes empezaron a intercambiar palabras hasta que la luna les regaló un mágico momento y ambos terminaron dejando de lado el protocolo y sudando el uno por encima del otro; una noche que marcaría más que la vida sexual de ambos.

El día después de su primer encuentro carnal, Alonso Elías recibió una carta anónima de alguien que había presenciado el acto pecaminoso, de un Alcalde cabeza de familia mientras manchaba su honor con una sinvergüenza merodeadora de la calle. Al leer el mensaje, Alonso entró en desesperación, su mandato pendía de una carta que lo obligaba a tomar medidas frente a sus actos. Acciones que entabló para evitar el escándalo público.

Una noche se encontró con Salvadora en su lugar predilecto, allí este la condenó como a una vil mujer de la calle, sin respeto ni pulcritud. Los insultos por parte del alcalde dejaban sin palabras a la pobre joven, que sin otro remedio abandonó el lugar corriendo a su casa. Ella se sumergió dos meses al llanto, se sentía como un animal maltratado por su dueño.

Su barriga comenzó a crecer de una forma que ella no había sentido antes. Un bebe en su barriga ahora era la prueba fehaciente del acto carnal realizado con el Alcalde.

Salvadora pensó que Alonso la ayudaría en algo, pero errando sus presunciones lo único que encontró fue una golpiza por parte del alcalde obligándola a callar lo ocurrido.

Los meses transcurrieron y la barriga creció tanto que no hubo forma alguna de esconderla. En el pueblo ya se corría el rumor de la clase de mujer que era Salvadora; sin marido y ya en embarazo, una vergüenza para todos. Su único consuelo era distraer sus pensamientos entre la neblina de las noches.

Una visita golpearía una vez más el corazón de aquella mujer en desgracia. A su hogar llegaron hombres de la ley vestidos de uniforme con una carta en mano. En voz alta la leyeron para que las palabras condenaran a Salvadora al destierro por ejercer la prostitución como profesión. Un chisme que creció en el pueblo por cuenta del Alcalde, que asustado por sus actos difamó la honra de la mujer en sus círculos sociales como una persona que ensuciaba el buen nombre del Valle de San Nicolás de Rionegro. Una patraña que se tornó verdadera al ser tan notoria la prominente barriga.

Salvadora sin ninguna opción, con el corazón en sus manos y su futuro incierto caminó hacia la salida del Valle. El momento de partida era una noche similar a la del encuentro en el río con el alcalde.
El pueblo aun se podía ver por encima del hombro de Salvadora cuando comenzó a sentir uno pasos que seguían su caminar, estos eran diferentes, no eran como aquellos que recordaba, eran femeninos y apresurados. Al girar su cabeza en dirección al pueblo, se encontró frente a frente con una viuda muy distinguida del pueblo. Aquella mujer tendió su mano hacia Salvadora y le ofreció protección y respaldo femenino, luego de confesarle que había sido testigo del abuso de Alonso Elías Jaramillo en aquella orilla del río.

Fin

Lápiz Demente: Basado en una evidencia real de un acta de destierro de 1771 por razones desconocidas, lo demás es puro cuento.