Flores llenas de magia, esa clase de flores que se ven en invierno rompiendo el hielo, floreciendo como ninguna otra; llenando de color los fríos caminos de diciembre, es imposible dejar de mirarlas desde el verde de sus tallos hasta los pétalos morados cubiertos de estrellas, aquel es un camino que nunca antes había recorrido, mi vida la pasé caminando y atravesando el mundo en busca de algo, esa esencia única, aun no la encuentro, a veces creo verla cerca, pero hay caminos traicioneros y aunque he disfrutado de ellos no ha sido lo que busco.
Aunque estoy cansado no puedo detener mis pies, mis botas aunque son pesadas no se inmovilizan, a veces el piso es algo escabroso pero no importa, veo el horizonte que me motiva más, es un paisaje hermosos, a mi derecha veo una gran laguna congelada, y a mi izquierda un bosque desolado de árboles desabridos por el frío, tranquilos por la soledad.
Al caer la tarde veo a unos pocos metros una mujer vestida de negro con visos morados, estaba al lado de su bici, algo le tuvo que haber pasado, tal vez se había pinchado, o estaría esperando a alguien. Una extraña sensación recorría mi cuerpo, era algo nuevo para mí, podía sentir las caricias del viento cuando pasaban por mis labios, ya no había sonidos a mí alrededor. Callaron algunos sentidos para experimentar otros. Ella notó mi presencia y de inmediato miró mis ojos, una mirada tierna pero penetrante, yo no pude dejar de observarla, sus ojos cafés me llamaban, sus cejas delgadas me incitaban, nunca había visto una mujer tan hermosa, si piel trigueña me hacia pensar que era amante del sol y tal vez sólo esperaba a que el invierno pasara, para tomar su bici en busca de él.
Su delicado rostro era perfecto, para mi era perfecto, su belleza danzaba en armonía, sus mejillas carmesí, contrastaban sus perfectos labios rosados brillantes, provocativos y lujuriosos.
Me acerqué y mil preguntas invadieron mi cabeza todas querían decir algo, bueno no sólo preguntas, tenía que decirle lo que había sentido al ligar su mirada con la mía, Eran tantos interrogantes que se atascaron en mi garganta, es un momento mágico, y para que contaminar tanta magia con burdas palabras, mejor dejar que el aire nos lleve.
Su único gesto fue una sonrisa que me llevó al éxtasis, extendí mi mano, y ella la suya; era delgada, estilizada, y tibia. La ayudé a levantarse y tomé su bici verde. Empezamos a caminar en la noche, a veces nuestras miradas jugueteaban pícaramente, las caricias de nuestras lenguas recorrían y jugueteaban nuestras bocas, sus labios mordían los míos, yo la apretaba fuerte y ella aun más a mí. Parecía que los dos estuviéramos conociendo algo nuevo.
Las estrellas y la luna iluminaban nuestro paso, indicando el camino.
En la cúspide de una colina había una pequeña casa abandonada, todo hecha en madera, el destino tenía todo preparado para nosotros.
Velas, manzanas y sabanas envolvían la habitación en la que entramos para calentarnos. Nuestros cuerpos desnudos se estaban conociendo, ella era traviesa, no titubeaba en recorrerme, su cuerpo me excitaba, sus senos eran hermosos, grandes y delicados lo que cualquier hombre podría desear, su cadera se posó sobre mí y nos fundimos en un sólo cuerpo de magia, hasta que los besos se convirtieron en el sueño deseado.
Un nuevo día esperaba, el sol llegó y el invierno había pasado, me levanté feliz de lo que me había pasado, pero para sorpresa mía aquella mujer de mis deseos no estaba, yo estaba solo en aquella cabaña despidiendo el invierno.
Lo único que me quedo de ella fue su antigua bici verde, la cabeza me dolía y me sentía muerto, mi alegría duró un día y mi dolor duraría toda la vida.
Cuando fui a coger la bici para continuar vi en la parrilla una nota que decía:
- Nos vemos al final del camino, te amo -
Pedalear y pedalear desde de ese momento recorro los caminos en busca de esa flor que me lleno de magia aquella noche de invierno.
eeeee! las bicis son las que caminan por debajo y por encima de la piel-tierra-negra.
ResponderEliminarSe dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.
Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!
Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?
¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón.
¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.
Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila.
te agrego un poémita de Jaime Sabines, se llama el Peatón.
mucha suerte pirry
sigue, sigue escribiendo.