lunes, 10 de agosto de 2009

De Syn

Estrellas, aceras, calles, sombras y una luz amarilla caminaban junto a Syn que expedía un aura rojo sangre, no líquida, no sólida, un espectro que dejó atrás junto a la carta que leyó y vio como las aves volaron y su rostro al tocar el suelo perdió los ojos que un cuervo tomó y hasta sus entrañas embulló.

Tres postes, una cuadra y un letrero vieron su primera caída ante una infame rata, no de alcantarilla ni de cloaca, sino de su patria; un golpe abyecto en su columna lo dejó sin sentir, para que sentir cuando el dolor toca a la puerta del espíritu.

Una villa triste llena de sombras que Syn no vio más, de campos que no volvió a sentir, atrás el recuerdo, adelante lo incierto, lo oscuro, lo sublime.

Entre cortos pasos del pantano su olor se esfumó sapos verdes que no vio, una caída que no sintió y un olor que desapareció. Su aura roja parecía con vida, o tomaba su vida o en fin no habría más vida.

En lo profundo de lo incierto de ramas, o un bosque de sombras de verdes y grises momentáneos Syn no se encontraba, sus labios sintieron el agua del veneno de un duende que cambió su aura por un puñado de claveles negros de muerte. Aquella noche nunca más existió

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