Cierro la puerta, el golpe suena. Camino por el pasillo oscuro, son las 3:00 a.m. lo sé porque vi mi reloj antes de entrar, sus tic-tac rodaban muy lentamente; parecen el doble de lento que lo normal.
Me dejo caer en una silla de madera ni muy cómoda ni muy negra. Al balancearme sobre ella casi golpeo mis rodillas con un cajón a la derecha. Este podrido escritorio ya se está quedando pequeño para esta casa.
La máquina de escribir que tengo al frente está algo vieja, oxidada y de tanto teclearla casi borra las letras de sus teclas como insulsas vocales. Antes de empezar a escribir cierro los ojos tomo aire y me dejo llevar por el agua.
Bajo la puerta empieza a entrar un tibio liquido, aunque al principio se tardó un poco, la habitación cedió y ya está a medio llenar; se siente tibia tranquila, tan burbujeante que podría tomarla por los bordes. Tener medio cuerpo mojado es darle una cualidad única sólo la mitad de mis recuerdos, que están a punto de diluirse en agua.
La habitación ya está llena, mis cachetes están inflados guardando el poco de aire que me queda antes de sentir el agua totalmente en mi alma. Antes de poder ahogarme es necesario saborear el ultimo bocado de oxigeno para poder partir en paz; con la mente en blanco y el cuerpo limpio de toda impureza. Cierro mis ojos para dejarme llevar. Se siente el agua bajar y subir de temperatura, no es como el agua que tomamos con los labios, es el agua aquella que nos toma.
Pero antes de partir, la intriga me mordió más que el agua y mis pestañas se abren y ya no ven más agua, sigo sentado en la silla de madera, pero mi maquina ya no está.
-Soy el único idiota que cree que la maquina de escribir con la que narra su vida existe fuera de su propia cabeza-
Mentira como todo la demás que vivo. Antes de llegar a mi casa estaba en aquel bar; un bar como todos de esos que la gente frecuenta por pura necesidad social. Si, de esos lugares en los que entras sólo para buscar las mierdas que no se te han perdido. Humo, copas, luces que van y vienen entre las manos, las cabezas y las palabras de todos.
Lleno de mujerzuelas y hombres acosándolas con vino infectando su vida con alcohol para hacer más fácil el sexo. Ellas reciben cariñitos de papel que vienen, cariñitos de papel que van, dinero por todos lados.
Highway to the hell, suena mientras las duchas del escenario escupen agua roja hacia dos mundanas criaturas del infierno que se lamen hasta la inconciencia de sus dedos. Una encima de la otra. “Don't need reason, don't need rhyme.” Ella le toca las suyas y ambas se muerden. “I'm on the highway to hell.”
Las sombras que miran tal espectáculo están al máximo grado de excitación del que las venas lo permiten. “Nobody's gonna slow me down.” Una de ellas rompe a la otra por la entrepierna y se le empotra hacia el interior, desde adentro escupe sus ojos y saca los dedos tras las pupilas; un rayo me golpea los ojos, maldita sea es otra de mis enfermizas alucinaciones con sangre, las dos ninfómanas siguen en el espectáculo tocándose como si fueran recién conocidas. Frederic está que compra a las dos, su cara de morbo no puede con sus ojos, están que caen rodando por el piso y se sumergen ante el agua roja.
Había olvidado nombrar antes a Frederic un tipo alto, delgado, con mostacho negro, de sombrero y gabán negro. Un personaje hablador; aunque habla más de él que de cualquier otra cosa, un tanto parecido a todos un tanto egocéntrico como él. Le gustan tanto las películas de gangsters que se viste como uno.
El show termina, “I'm on the highway to hell” las dos criaturas bajan del elevado escenario, una camina hacia el otro lado y la pelinegra camina hacia el nuestro, desnuda y cubierta sólo por tatuajes que parecen gritar mientras ella nos acecha con la mirada fija. Recorre mis ojos y me mira fijamente, su pelo reblujado llama mis sentidos. Yo se lo que ella quiere pero yo quiero más de lo que ella se imagina.
Frederic se levanta, la silla cae junto a mi pierna, estoy tan concentrado que ni la siento. Agarra a la mujerzuela del brazo, acostumbrado a que todas siempre hagan lo que el quiere le pone un billete en la serpiente que tiene agarrando la pierna. Ella lo empuja mostrando su carácter fuerte, Frederic la agarra con fuerza y la golpea en la cara, ella no le quita la mirada de encima y se le acerca y lo besa. No puedo creer lo que mis ojos ven, una mujerzuela excitada con un frió golpe. Frederic gira hacia mi y me grita:
-Conejo, la cuenta ya está paga. Ahora nos vemos.
Miro mi reloj, son las 11:00 pm. Mi amigo se va con la mujerzuela que quería tener sólo para mi. Los dos se desvanecen en la oscuridad pasando tras la barra entre los baños. A medida que caminan la ira invade mi cuerpo. Cierro el puño tan fuerte que quiebro la copa que estaba a medio llenar de vino y otros cuantos ingredientes de más.
-Bastardo de mierda, siempre tomándose las cosas a la ligera, ni siquiera dejó que la miráramos de cerca, tenía que agarrarla.
Ella tenia que ser puta, una vil y masoquista puta, que sólo quiere que la golpeen y llenen su boca de billetes.
Ya no veo a ninguno de los dos.
Está, bailando una nueva zorra; ni para qué la miro, no me interesa. En este bar sólo quería una mujerzuela y ya “mi amigo” se la llevo con su sucio dinero porque eso si es lo que él tiene, sucio dinero.
El cantinero me ofrece algo más de licor. Dudo un momento y le pido una cerveza.
Luces, piernas, papel en el aire, fondo blanco, billete, mano, caja. Camino y me tocan, yo toco, la puerta se cierra paso la calle, humedad, gotas que caen, alcantarillas con humo, una pared verde con carteles rotos.
Prendo un cigarro de esos que vienen cargados. Humo a mi alrededor. Imágenes de los carros, veo la película de carne entre espejo y espejo. Mi amigo y la mujerzuela de los tatuajes, ella lo somete, él grita, nadie lo oye, hay sangre por doquier, la habitación es gris. Mi rostro muestra una sonrisa mientras un pelo cae al suelo y un gato me mira desde lo lejos. Cierro y abro los ojos con fuerza para dejar de ver aquellas escenas en los carros que pasan frente a mi. Caminar es lo único que me queda en aquella disonante noche.
Camino hacia mi casa que está a unas pocas cuadras del burdel en el que estaba con mi amigo. La noche es fría y no tarda en llover. El licor hace que algunas cosas a mi alrededor se muevan más de lo normal, mi mano se tambalea pero al fin logro abrir la maldita puerta.
Estoy sentado en la silla de madera, ni muy cómoda ni muy negra. Al balancearme sobre ella casi golpeo mis rodillas con un cajón a la derecha, este podrido escritorio ya se está quedando pequeño para esta casa.
De nuevo donde comenzamos. La puerta de la habitación suena, debe ser mi amigo que regresa extasiado de haber probado la mujer que debió ser mía. Ni me molesto en mirar atrás pero siento como unas manos acarician mi espalda y comienza o rodearme una fragancia excitante, giro rápidamente mi cara y que es lo que ven mis ojos, es aquella mujer del bar llena de tatuajes que me hace estremecer mi entrepierna. Tiene los labios rojo sangre y su mirada sigue fija en mi. Ella tiene puesto el gabán de Frederic al que deja caer al suelo dejando ver todo su provocativo cuerpo cubierto de tatuajes. No me importa que habrá sido de Frederic lo que sea que le haya pasado ahora no es de importancia. Estamos ella y yo en mi habitación.
Me levanto de la silla y ella se acerca, se detiene a tan sólo un paso de mi. Veo sus labios deslizarse lentamente hacia mi boca mientras mis manos la toman por la espalda arañándola con deseo. Ambos caemos a la cama y todo es como lo que siempre me imaginé que sería estar con ella.
Al mirar al suelo veo la maquina de escribir pero que esta vez sé que si es real. La historia de Frederic terminó en sangre como siempre debió ser y la mía comenzó en bocanadas de sexo son la mujer que sólo debió ser para mi.
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