
En la lejana época de 1771, en el oriente Antioqueño precisamente en el Valle de San Nicolás de Rionegro; yacía un lugar situado entre montañas, de clima frío y amanecer nublado, lleno de historias que se tejían conforme las clases sociales se establecían.
Allí, un relato femenino agitaba las esquinas, los establos, incluso a criollos y mujeres de enagua perfecta, que habían sido formados por obra y gracia de la “madre patria”.
El relato con nombre y apellido propio se hacía llamar: Salvadora Cardona; de pelo oscuro, piel morena manchada por la tierra americana, ojos cafés, caminar sensual, y sonrisa cautivadora. Veinticinco años los que podrían ser la flor de su vida, o tal vez, un vientre desperdiciado en palabras más aristocráticas y costumbristas.
Ella no era una mujer como a su pueblo le gustaba; no había contraído nupcias por juicio de su padre ni autorización de su madre. No visitaba a menudo la iglesia como era lo justo o bien visto, y no le hacia caso al toque de queda que en las noches se infringía.
Ella recorría las noches del pueblo, bailaba con la niebla y cantaba con las luciérnagas. Caminaba entre los establos y corría entre las laderas. Una noche no era suficiente, Salvadora realizaba su recorrido 3 veces por semana alternando los días, pues sabía que sus acciones no eran permitidas.
Sus recorridos eran solitarios y serenos, hasta que una fría noche empezó a sentir pasos que a lo lejos la seguían; un caminar pasivo, premeditado e incansable. Conforme las semanas continuaban el caminar se hacia más y más cercano.
El tiempo transcurría. Salvadora se encontraba en la orilla del río; su cauce era tranquilizante, era su lugar preferido el cual parecía no seguir las reglas que regían en el pueblo. Ella había visto noches en las que se reconocían parejas teniendo encuentros lujuriosos por encima de lo que la iglesia propagaba como permitido.
Fue una de esas noches en la que Salvadora pudo conocer el rostro de aquellos pasos que la perseguían noche tras noche; para su sorpresa era una persona conocida, no únicamente por ella, también por todo el pueblo, era el señor Alcalde ordinario, Alonso Elías Jaramillo; encargado de inspeccionar por su valle, mientras verificaba el cumplimiento del toque de queda.
La señorita Cardona se sorprendió al darse cuenta que siendo el Alcalde quién la seguía en sus noches, aún no le había llamado la atención y ordenado al cumplimiento de la norma. Cara a cara se miraban por primera vez merodeadora y perseguidor, como era de esperar el Alcalde Alonso Elías traía una segunda intención, que se fue revelando al poner sus manos sobre la piel de Salvadora; ella reaccionó con un brinco pero todavía estaba petrificada por el susto de haber sido descubierta por semejante personaje público.
El Alcalde sólo repetía:
-Salvadora Cardona, por fin te tengo.
La tímida mujer protestó cuando Alonso Elías trató de desprenderle su ropa de un tirón, su única reacción fue correr confundida ante un acto tan bajo de un denominado representante del pueblo.
Salvadora no comento el suceso de la noche en el río, porque siendo una mujer soltera que ocupaba un rol paupérrimo en la sociedad, nadie le creería lo ocurrido.
Las noches continuaron tal cual eran acostumbradas pero los pasos no habían dejado de estar presentes, a veces aparecían frente al río, la rodeaban y se quedaban quietos a lo lejos, lo suficiente para que se pudiera reconocer la silueta del aquel Alcalde.
La compañía se tornó paisaje y poco a poco ambos personajes empezaron a intercambiar palabras hasta que la luna les regaló un mágico momento y ambos terminaron dejando de lado el protocolo y sudando el uno por encima del otro; una noche que marcaría más que la vida sexual de ambos.
El día después de su primer encuentro carnal, Alonso Elías recibió una carta anónima de alguien que había presenciado el acto pecaminoso, de un Alcalde cabeza de familia mientras manchaba su honor con una sinvergüenza merodeadora de la calle. Al leer el mensaje, Alonso entró en desesperación, su mandato pendía de una carta que lo obligaba a tomar medidas frente a sus actos. Acciones que entabló para evitar el escándalo público.
Una noche se encontró con Salvadora en su lugar predilecto, allí este la condenó como a una vil mujer de la calle, sin respeto ni pulcritud. Los insultos por parte del alcalde dejaban sin palabras a la pobre joven, que sin otro remedio abandonó el lugar corriendo a su casa. Ella se sumergió dos meses al llanto, se sentía como un animal maltratado por su dueño.
Su barriga comenzó a crecer de una forma que ella no había sentido antes. Un bebe en su barriga ahora era la prueba fehaciente del acto carnal realizado con el Alcalde.
Salvadora pensó que Alonso la ayudaría en algo, pero errando sus presunciones lo único que encontró fue una golpiza por parte del alcalde obligándola a callar lo ocurrido.
Los meses transcurrieron y la barriga creció tanto que no hubo forma alguna de esconderla. En el pueblo ya se corría el rumor de la clase de mujer que era Salvadora; sin marido y ya en embarazo, una vergüenza para todos. Su único consuelo era distraer sus pensamientos entre la neblina de las noches.
Una visita golpearía una vez más el corazón de aquella mujer en desgracia. A su hogar llegaron hombres de la ley vestidos de uniforme con una carta en mano. En voz alta la leyeron para que las palabras condenaran a Salvadora al destierro por ejercer la prostitución como profesión. Un chisme que creció en el pueblo por cuenta del Alcalde, que asustado por sus actos difamó la honra de la mujer en sus círculos sociales como una persona que ensuciaba el buen nombre del Valle de San Nicolás de Rionegro. Una patraña que se tornó verdadera al ser tan notoria la prominente barriga.
Salvadora sin ninguna opción, con el corazón en sus manos y su futuro incierto caminó hacia la salida del Valle. El momento de partida era una noche similar a la del encuentro en el río con el alcalde.
El pueblo aun se podía ver por encima del hombro de Salvadora cuando comenzó a sentir uno pasos que seguían su caminar, estos eran diferentes, no eran como aquellos que recordaba, eran femeninos y apresurados. Al girar su cabeza en dirección al pueblo, se encontró frente a frente con una viuda muy distinguida del pueblo. Aquella mujer tendió su mano hacia Salvadora y le ofreció protección y respaldo femenino, luego de confesarle que había sido testigo del abuso de Alonso Elías Jaramillo en aquella orilla del río.
Fin
Lápiz Demente: Basado en una evidencia real de un acta de destierro de 1771 por razones desconocidas, lo demás es puro cuento.
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