Mirarme al espejo para comenzar a desechar lo que veo: ojos,
nariz, boca, cicatrices, demasiadas cicatrices; ellas abundan por mi cara son
heridas físicas, permanentes. Siempre están ahí recordando cada una de mis
caídas sociales. Ellas tienen la culpa pero son pocas en comparación con las
heridas que siguen sin sanar, que duelen como puñales recién enterrados al
costado de la victima que exhala sus últimos respiros de vida. Están presentes
y deambulan entre mis venas, pensamientos y necesidades. ¿Cuándo cicatrizarán?
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